VIDEOJUEGOS: ¿Saben los padres a qué juegan sus hijos?
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Desde el punto de vista técnico, muchos videojuegos están fantásticamente realizados, los diseños son de altísima calidad, la recreación de entornos reales o ficticios es maravillosa y sus guiones son de gran originalidad. Proporcionan distracción y diversión inmediata y en altas dosis. Sin embargo, los valores que promueven algunos de los “superventas” son el consumismo, la competitividad, la velocidad, el erotismo, el sexo, la agresividad, la violencia, etcétera. Los productores de estos videojuegos se defienden diciendo que se trata de ocio audiovisual para adultos, y que, si algún niño juega, es un problema de sus padres, porque ellos ya lo señalan en la calificación de la carátula.
El sistema de calificación de videojuegos –creado por la propia industria, en respuesta a la preocupación social al respecto– recibe con frecuencia la acusación de ser insuficiente. Sin embargo, lo que demuestra la vida real es que sobre todo resulta ineficaz, ya que en muchos casos no se tiene en cuenta a la hora de decidir las compras. Hay muchos padres a los que no se les ocurriría llevar a sus hijos de 10 o 12 años a ver una película para mayores de 18 años, y sin embargo esos chicos tienen acceso a videojuegos con esa calificación. Las revistas de videojuegos, que cuentan con muchos menores entre sus consumidores, vienen acompañadas con frecuencia de DVDs con demos y juegos para mayores de 18 años.
Resulta sorprendente que un sistema de calificación casi paralelo al cinematográfico tenga mucha menor incidencia que este último. ¿A qué se debe? Sin duda, uno de los principales factores es el desconocimiento por parte de muchos padres de todo lo referido al mundo de los videojuegos. En este terreno, la brecha generacional es enorme, y son pocos los que juegan o ven los videojuegos que tienen sus hijos.
